Minuto 01:34. Voz en off. La gran manzana se despliega ante el espectador. Se muestra la magnificencia de Nueva York y de sus habitantes, tan vasta que su población podría llegar a Pakistán tumbándose en línea recta. Los rascacielos teñidos de blanco y negro van desfilando uno tras otro. Llegamos a las oficinas de Consolidated Life. Planta 19, sección W, mesa 861. C. C. Baxter se presenta; Buddy Boy para los amigos. Un número más entre 31.259 empleados, pero no una película más entre la filmografía de Billy Wilder. Así da comienzo El apartamento.
Buxter, interpretado por un maravilloso Jack Lemmon, encarna la figura del pobre diablo tierno y sin carácter. Presta la llave de su apartamento a sus jefes para que éstos puedan pasar tiempo con sus amantes. Sus superiores lo ningunean sin compasión, utilizando el señuelo de un futuro ascenso en la oficina. Buxter tiene sus ojos puestos en Fran Kubelik (Shirley MacLaine), la ascensorista de Consolidated Life, pero ésta, a su vez, es la amante de uno de sus jefes, el señor Sheldrake.
El apartamento supone un compendio de géneros que fluctúa entre la comedia, el drama y el romance. Quizá el género más lógico en el que clasificarla sería la tragicomedia romántica. A pesar de abordar temas de inmensa profundidad, como el suicido o el arribismo laboral, lo hace en todo momento con un tono cómico que aligera la carga dramática que se expande durante el metraje. Es un ejercicio de equilibrio entre lo amable y lo inmensamente triste. Las dos horas de metraje pasan volando. El ritmo, mayormente rápido, también es lento cuando el momento lo requiere. Billy Wilder tiene la capacidad de pararse a observar y de dar vida a momentos muertos. Gracias a un montaje que le aporta dinamismo y a un guión con unos diálogos rápidos e ingeniosos, el filme goza de una gran fluidez. La cámara resulta imperceptible y prima la invisibilidad del mecanismo cinematográfico.
Muchos son los halagos que recibió el cineasta gracias a esta película. El mérito no es poco. Nadie como él es capaz de condensar tan equilibradamente el sentimiento cómico de la tragedia. Combina a la perfección escenas de alta carga dramática con escenas totalmente cómicas. El contrapunto ejemplificador lo encontramos a mitad de la historia, el día de Navidad. Mientras que en el apartamento, Fran, el personaje interpretado tiernamente por MacLaine, se enfrenta al momento más descorazonador de la película, C. C. Baxter protagoniza un cómico baile de borrachera junto a una desconocida entrañable. Apenas unos segundos separan las lágrimas de las risas. La interpretación de ambos actores, prodigiosa y definida, sirve de salvoconducto para que estos sentimientos atraviesen la pantalla y lleguen al espectador.
Wilder nos presenta por primera vez una radiografía perfecta de la figura del soltero y de su soledad. Buddy no puede hacer otra cosa que llegar a casa solo, calentarse una cena precocinada y pelearse con el mando de la televisión intentado esquivar los anuncios. Unos anuncios que no le permiten ver Gran Hotel de Goulding. C. C. Baxter no tiene en su casa servilletas de tela, pero sí de papel. Tiene en el baño un bote de somníferos a la mitad que expone la dificultad que tiene el contable para conciliar el sueño. Y para más inri, usa una raqueta como escurridor para los espaguetis. Estas unidades de contenido van apareciendo a lo largo del film y nos aportan directrices sobre la vida de Buxter, una vida solitaria y con pocos estimulantes.
El apartamento es una película de símbolos. Estos símbolos están encarnados en una serie de objetos que sustancian y refuerzan la trama principal. Estos elementos tejen la puesta en escena y aportan espesor y consistencia al mundo que se representa. No todos los elementos tienen la misma importancia, ya que algunos, como la llave del apartamento o el espejo de Kubelik, son objeto de discurso, y otros, como la baraja de cartas de Buxter, son simples pretextos narrativos. El principal y el más llamativo de ellos es el espejo roto de Fran Kubelik. Buxter encuentra este espejito olvidado en su casa y se lo devuelve al señor Sheldrake para que lo retorne a su amante. En ese momento, Buxter desconocía que la propietaria del espejito era Fran. Más adelante, gracias a este elemento inerte, Buxter descubre la relación que une a la señorita Kubelik con su jefe. El cesto con las botellas de champán vacías, el sombrero de directivo que empieza a utilizar Buxter cuando le ascienden, el frasco con somníferos o el billete de cien dólares que le entrega Sheldrake a Kubelik son otros ejemplos que demuestran que Wilder emplea los detalles de una manera minuciosa y que la implantación sutil de elementos puede abrirle al espectador la puerta a un proceso de interpretación complejo.
Desde los primeros minutos del filme asistimos a una cosificación constate del oficinista, tema recurrentemente kafkiano. No está de más plantearse si Billy Wilder pretendía hacer una crítica a la sociedad americana, pero sería un error darlo por hecho. Visto con perspectiva El apartamento sí que supondría una crítica ácida a la América de los negocios y de los despachos. Marilyn Monroe definió la película como “una maravillosa radiografía del mundo corporativo”. Deja en evidencia la forma de organización empresarial, la forma de ascender puestos en las grandes empresas y el cinismo de los padres de familia con la infidelidad como elemento clave.
Bajo mi punto de vista nunca se debe afirmar una postura personal atribuyéndosela al cineasta. Si el director no se ha pronunciado respecto a sus pretensiones o sus intenciones sólo debemos conjeturar sobre ellas. Partiendo de esa base, podemos pensar que Wilder buscaba, mediante la acidez y la sutileza, la sonrisa cómplice del espectador, una relación de afinidad y proximidad entre el que está detrás de la cámara y el que se encuentra ante la pantalla. Wilder no nos deslumbra con un rotundo happy-end porque tampoco lo necesita. El final, abierto y con el mismo tono agridulce que el resto de la película, consigue dejarnos contentos sin la necesidad de que los protagonistas rocen sus labios. Es un final comedido y bien medido. Quizá el único reproche que podemos hacerle a Wilder es el de no haber cerrado la historia con algo más de rotundidad. Es destacable el travelling final en el que Kubelik corre por las calles de Nueva York. Es una bellísima muestra cinematográfica de rabiosa libertad.
Wilder consigue presentarnos una de las mejores películas románticas del cine. Bajo su mirada, a veces tierna y otras sórdida, consigue llegar a la cima de su carrera. Cómo él mismo dijo, jamás logrará hacer nada mejor que El apartamento. En un momento determinado de la película, Miss Kubelik se pregunta cuánto tiempo es necesario para desintoxicarse del ser amado. Lo que realmente deberíamos preguntarnos es cuánto tiempo necesitaríamos para desintoxicarnos por completo de El apartamento y si podremos llegar a conseguirlo. Por mi parte, permitid que lo dude.
BRENDA ALÉN





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